The truth left untold

Me levanté de la cama a la misma hora de siempre, había sido una de esas noches en blanco pero no me sentía cansada. Mis pensamientos dispersos iban de un lugar a otro rebotándome en la mente. ‘Año nuevo, vida nueva’ me repetía una y otra vez, pero nada parecía haber cambiado. Me metí en la ducha y mientras las gotas de agua resbalaban por mi piel me vino a la mente su inquietante mirada. Esos ojos parecían ver más allá de los horizontes del cuerpo, moviéndose por mis venas y lanzándome escalofríos allá donde pasaban. Me acordé del sueño que había tenido la noche anterior, él estaba allí esperándome sentado en un banco de aquel precioso parque en tonos ocres, mirándome. Las palabras no le hicieron falta, como siempre, sus ojos me hablaron sin necesidad de articular palabra y entonces comprendí que el cambio no llega si tú no lo buscas. Podía quedarme allí sentada frente a él e ignorar su  consejo o convencerme a mi misma de que tenía que hacer algo. Salí de la ducha descalza y determinada a dejar de fingir. Dejé allí todos los miedos y toda la inseguridad que yo misma creaba y me decidí a escapar de esa jaula que era mi propia mente. Cogí el teléfono y marqué su número.

“Hola” respondió aquella voz grave pero dulce.

“Hola, Mateo. Sé que es raro que te llame a esta hora”, no oí nada al otro lado del auricular. “Necesito verte”, añadí.

Tras una breve conversación y algunos silencios incómodos quedamos al día siguiente en una cafetería del centro. De vuelta en la cama entendí que no iba a dormir por segunda noche consecutiva. Se estaba batiendo en mi interior una lucha entre lo que me decía el sentido común y lo que me decían los miedos. No estaba segura de haber tomado la decisión correcta, pero ya estaba tomada. Nunca había sido muy decidida pero siempre asumía las consecuencias de mis decisiones. Para bien. O para mal. Lo que sentía por aquel hombre me asfixiaba, necesitaba salir, necesitaba decirle que desde que le conocí mi vida había dado un cambio radical, y el miedo que me provocaba el pensamiento de decirle la verdad se veía compensado al ver esa mirada de nuevo, cada vez que mis manos soñaban con arrancarle la camisa. A la mañana siguiente reuní todo el valor que tenía y una vez sentada en aquella cafetería esperando a que entrara el hombre de mi vida empecé a sentirme nerviosa. Oía los latidos de mi propio corazón resonando en la cavidad de mis costillas, como los tambores en las películas anunciando que algo está a punto de ocurrir. Vi a Mateo entrar y sentarse frente a mí. Iba impecable, como siempre. Se quitó el sombrero con un gesto elegante y lo dejó en la mesa. Parecía esperar que yo dijera algo, pero nada salía de mi boca. Sin que hiciera falta nada más me miró como quien mira a alguien por primera vez, con curiosidad y sus labios formaron esa amplia sonrisa que me había robado tantas horas de sueño.

“Querías verme”, dijo él. “Aquí estoy”

Sonreí mirando el plato, me sentía ridícula allí plantada recordando lo que le había dicho por teléfono. En ese momento pensé en recular, en tomar algo e irme a mi casa, dejando que él se fuera para siempre a la suya en la ignorancia, pero había tomado una decisión, así deje que las palabras salieran solas, liberándome de su carga.

“Te amo”, dije mirándole a los ojos.

No parecía sorprendido por mis palabras, ni por el hecho de estar allí temblando tras haberle revelado un secreto que guardaba hacía ya año y medio.

“Estoy casado”, repuso.

“Lo sé”, contesté. “Pero tenía que decírtelo, tenía que saber si hay alguna parte de ti que me mira de la misma manera que yo te miro a ti”

La situación era tan confusa como real. Él parecía inquieto, pensando no sé en qué, y yo dispuesta a decir todo lo que había callado durante este tiempo.

“No puedo mentirte, ni engañarme a mí mismo”, dijo. “No quiero hacerle daño a tu hermana, pero debes saber que yo también siento algo por ti”

Algo dentro de mí se activó.  Aunque estaba siendo egoísta, porque no estaba pensado en mi hermana, ni en el daño que esto podría causarle, no podía dejar escapar este tren, quería a este hombre tanto que si esto no salía bien, estaba dispuesta a irme para siempre.

“Ven conmigo”, dije. “Empecemos una vida en otro lugar, juntos.”

Su mirada se iluminó bañando aquel lugar de esperanza.

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