La isla

Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. Aquello no parecía real. Estaba yo estirado en la arena cuando apareció aquella mujer de la nada. Cayó del cielo cual hoja que cae del árbol. Entonces reaccioné y fui hacia ella.

“¡¿Dónde estoy?! ¡¿Quién eres?!”, dijo ella gritando.

“¿De dónde has salido? ¿Cómo has llegado hasta aquí?¡Has caído del cielo!”, le pregunté sorprendido llevándola hacía mi hamaca.

“Me llamo Ingrid, y no sé cómo he llegado hasta aquí, no recuerdo nada”, me miró fijamente. Tenía unos ojos azules preciosos, tan cristalinos como esa agua que llevaba tanto tiempo observando en soledad.

“Por favor tienes que acordarte”, contesté de sopetón sacudiéndola por los hombros.

“¡Suéltame! ¿Quién eres tú?”, preguntó espolsándose la arena de la ropa.

“Me llamo… Henry”, dije un poco dudoso. Ya casi no recordaba quien era.

“¿Cómo has llegado aquí?”.

“No… no lo sé”, las palabras salieron de mi boca sin darme cuenta. “Llevo aquí tres años, dos meses y cinco días”

Ingrid puso gesto de preocupación. Frunció el ceño, extrañada.

“Cada vez que se pone el sol, lo apunto en esa roca con una piedra”, le dije señalando con el dedo. “Así controlo el tiempo que llevo aquí sin volverme loco”

“Es… espantoso”, repuso ella sentándose en la arena.

“No sé como llegué aquí, me fui a dormir y al día siguiente aparecí en la arena, igual que tu”, expliqué. “He explorado esta isla de cabo a rabo, no hay nadie más”, añadí.

Me estiré en la arena dorada. Tres años esperando que ocurriera algo y ahora, nada había cambiado. Las preguntas se acumulaban en mi cabeza, pero no podía hablar. Intenté relajarme, y entonces lo oí.

“Otra vez”, susurré incorporándome.

“¿Qué pasa?”, preguntó Ingrid dando un brinco.

“Los monos”, escuché atentamente el sonido de los arboles agitándose, miré hacia la selva y los vi. “¡Corre!”.

Agarré a Ingrid de la mano y empecé a correr. Aquellos monos habían venido a por mí. A matarme. No sabía porque no me dejaba, pero no me rendía. Corrimos por un camino que llevaba a lo más alto de la isla, esperaba que se cansaran como habían hecho otras veces y se fueran.

Seguimos corriendo pero el camino parecía alargarse cada vez más y entonces vi una cuesta que nunca antes había visto allí. Seguí corriendo y tirando de Ingrid, estaba muy cansada y me estaba haciendo ir más despacio, ya casi teníamos a los monos encima.

“¡Vamos!”, le dije a Ingrid “¡Tienes que correr más!”.

“¡No puedo!”, gritó por encima del ruido de los monos. Tiré de ella y conseguí que avanzara pero entonces se resbaló y cayó al barro.

Volví atrás a buscarla y tiré de su brazo. Estaba atrapada en unas arenas movedizas, busqué un tronco o algo para que se cogiera y encontré uno cerca del barro, se lo lancé y una vez agarrada a él tiré con todas mis fuerzas. Conseguí sacarla a trompicones y una vez fuera se estiró en la arena respirando con fuerza.

Levanté la vista y los monos estaban allí, parados. Mirándonos. “Oh, no”, susurré. Miré a mí alrededor y vi un tronco pequeño pero lo suficientemente fuerte. Los monos estaban enfadados y el más grande dio un grito y se abalanzó sobre Ingrid.

“¡No!”, grité tirándome sobre él y dándole con el palo, conseguí tirarlo al suelo. Ingrid gritó, tenía a otro mono encima de ella y se cubría con los brazos.

Me abalancé sobre aquel mono que estaba de espalda y le clavé el palo en los pulmones. El mono gritó y cayó hacía delante, muerto. Ingrid se apartó, mirándome asustada.

“Gracias”, me dijo.

Los otros monos empezaron a huir. Nos quedamos solos.

Entonces apareció una luz en el cielo, algo se acercaba. Era una especie de avión. Hubo un rayo de luz y de repente estábamos dentro.

“¿Qué es esto?”.

A mi alrededor un montón de ordenadores y gente vestida con unos trajes azules.

“¿Quiénes sois? ¿Qué hago aquí?”, grité agitado, estaba atado de pies y manos y no veía a Ingrid por ningún lado. Un hombre vestido de blanco se acercó a mí.

“Señor Lane, tranquilícese”. Se sentó a mi lado. “Ha sido usted producto de un experimento. Nos complace comunicarle que acaba de demostrar que no todo está perdido, aún hay esperanza para la re-humanización de los humanos. Esperamos que esto sea el principio de un nuevo mundo en el cual los humanos vuelvan a recuperar la compasión, el sacrificio y el amor por los demás. Gracias.”

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