The demons in your head

Se veía venir. Volví a caer en la trampa. Me sentía como una idiota por ello y aun así no podía hacer nada ¿Qué cambiaba eso? Nada, realmente. No es como si no hubiera pasado por mi cabeza miles de veces, y aun así, decidí arriesgarme. Pues bien, ahí lo tienes. Tonta de mí. Con los años me había hecho más fuerte, mucho más fuerte, pero ese era mi punto débil.

Siempre me había costado relacionarme con los demás, pensaba que era algún tipo de bicho raro antisocial que se escondía del mundo para que nada me afectara ni me hiciera daño. Pero aun así, de vez en cuando me dejaba convencer pensando que el mundo no podía ser tan malo, que aun podía haber gente humilde, sin segundas intenciones ni falsedades. Y no es que creyera que no la hay, que seguro que sí, pero no daba con ella, o quizás no me paraba a conocerla, de igual modo que no dejaba que me conocieran a mí.

La mayoría de veces, conocía a alguien, y todo iba genial, para salir un rato, pero nada más que eso. Me cuesta relacionarme con personas a las que no conozco, siempre me ha costado, y la verdad, tendía a pensar mal de ellas, no por nada en concreto. Era una especie de protección, como una coraza, bajo la cual solo unos pocos podían ver. Los que realmente tenían paciencia para conocerme o se atrevían a profundizar un poco  más en mi mente. Mi extrema timidez e introversión tampoco ayuda mucho pero no es algo sobre lo cual no haya trabajado. He mejorado pero sigue dándome ‘miedo’ exponerme ante los demás.  No es un miedo, como el de ‘hay un monstruo debajo de mi cama’, es algo más difícil de explicar.

Supongo que todas las experiencias que he tenido con gente que irradiaba negatividad y que, al fin y al cabo, no valía la pena, han hecho meya en mi. No tenía nada planeado para aquella tarde, así que me propuse ir a la librería ya que quería algo para leer y escapar de mi mente. El tema me estaba atormentando bastante. Ni siquiera sabía por qué había decidido ir allí, con Melanie. Me sentí como un perro verde, aquello fue espantoso. ¿No os ha pasado? Estar en un sitio, y ver, saber, que no encajas. Que estás con personas que no tienen nada que ver contigo. Estas allí y sientes sus miradas, sus risas, sus cuchicheos. Y no puedes refugiarte. Expuesta. Menos mal que se me ocurrió una excusa y pude salir de allí pitando.

Eran ya las cuatro, y se me hacía tarde, así que salí a dar una vuelta, pensado en algún libro que pudiera comprarme. Quizá estaba exagerando, quizá toda aquella gente no estaba hablando de mi, aunque era la única ‘acoplada’ allí, quizás ni siquiera me prestaron atención, al fin y al cabo, no me conocían de nada.¿Por qué iban a hablar mal de mí? Me odiaba por aquello, enseguida pensaba mal de todo el mundo, y si, los juzgaba. Los metía en el mismo saco. Todo esto era culpa mía. Abrí la puerta de la librería, me alivió el aire fresco que noté por las piernas al entrar en la tienda, respiré tranquila. Ese era uno de mis lugares favoritos, aquí sí que me sentía relajada, como pez en el agua.

Sin pensar mucho, fui directa a la sección de ‘fantasía’ y empecé a ojear algunos libros. Noté una sensación rara. Levanté la vista sin moverme y vi a un chico que me miraba por encima de unas estanterías. Me miró por un segundo y apartó la mirada. Solo le veía media cabeza, así que no le reconocí. Yo también aparté la mirada y cogí otro libro. Estaba leyendo la contraportada cuando no pude evitar volver a mirar. Se había movido, ahora le podía ver entero y la verdad me sonaba un poco, aunque no sabía de qué. Él giró la cabeza y me miró, me dio un vuelco el corazón, y miré al libro que tenía entre las manos dando un respingo. Sin pensarlo mucho dejé el libro y me fui a la sección de ‘amor’. Me sentía incomoda. No sabía por qué. Me puse de espaldas a aquel chico para no tener la tentación de volver a mirarle.  Quizás ya se había ido. ‘Qué más da’ pensé.

Cogí un libro titulado Todo lo que nunca te dije y alguien me tocó el hombro. Me giré sorprendida y vi al chico de antes. Me miraba con una sonrisa. Le había visto antes, en algún lugar. No conseguía ubicarle.

“Hola”, me dijo.

“Hola”, contesté. El chico hizo una mueca.

“Perdona, es que me resultas familiar y no sabía si saludarte o no”. Creo que puse una cara rara porque él se rio descaradamente. “¿Nos hemos visto antes?”, preguntó.

“Hmm… pues no sabría decirte, tu también me suenas un poco”, le dije aferrándome al libro que tenía entre las manos.

“¿Puede que estuvieras ayer en la fiesta de Kate?”, volvió a preguntar.

¿Estaba él en la fiesta de Kate? Vi a tanta gente que no conseguía recordarlo.

“Si… ¿Tu también?”, pregunté. Él asintió con un movimiento de cabeza. “Me fui pronto, no me encontraba bien” le dije sin saber muy bien por qué.

“Es verdad, te vi marcharte”, dijo él. “Te perdiste una buena fiesta”, espetó sonriendo.

“Sí, bueno. No soy mucho de fiestas.”

Quería irme, no estaba cómoda.

“Bueno, tengo que irme. Ya nos veremos por ahí”, dijo mirando la hora en su reloj de muñeca.

“Si. Quizás”, respondí.

Seguramente no nos volveríamos a ver. Como a mucha otra gente que vas conociendo por casualidad. Me escrutó con la mirada. Pensaría que estaba un poco ida. O que era una marginada. O las dos cosas.

“Me llamo Theo”, dijo de repente metiéndose las manos en los bolsillos.

“Yo soy Sarah”, le contesté y alejé la mirada.

“Encantado de conocerte, Sarah”. Inclinó un poco la cabeza, dio media vuelta y se fue.

Me quedé allí parada un rato mientras él salía por la puerta. Qué raro. Quizás no era tan invisible como pensaba. Cometí un error al irme de la fiesta. Todo estaba en mi cabeza. Nadie se estaba riendo de mí. Podría haber conocido a alguien, igual que había conocido a Theo. ‘Los demonios están en tu cabeza’ me dije. No me moví del sitio.

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