Ahora

Prólogo

 Estaba estirada de lado en su cama, en posición fetal. Así se sentía más resguardada. Su brazo izquierdo estaba debajo de su cuerpo, y su brazo derecho se abrazaba al oso de peluche gigante que tenía en la cama desde que era pequeña. Había apoyado la cabeza en el gran regazo del oso. Tenía la cara reseca de las lágrimas que le inundaban los ojos y la cara, arruinándole el maquillaje que se había puesto por la mañana para ir a clase. Sentía como si en la cabeza tuviese un gnomo que le daba martillazos contra el cráneo mientras sollozaba escandalosamente, pero no podía parar. Tenía frío, cogió su bata rosa y se la echó por encima. Ahora estaba mejor, aunque el llanto no cesaba. Se preguntaba cómo había podido llegar a esa situación tan penosa; Ella sola llorando en su casa abrazada a su oso blanco y tapada en una bata de franela de color rosa. En un impulso, se levantó y se quitó la bata. Se dirigió al cuarto de baño y se miró en el espejo. Su aspecto era lamentable, tenía la cara hinchada de tanto llorar, los ojos rojos y negros del maquillaje corrido, la nariz hinchada y roja y los labios secos y ásperos, llevaba el pelo recogido en una coleta mal hecha.

Dio un gran suspiro, abrió el grifo y metió la cabeza debajo. Estuvo así un rato, luego cogió una toalla y se secó la cara. El reflejo del espejo le confirmó que había empeorado la situación ya que ahora tenía el maquillaje negro por toda la cara. ‘Qué desastre’ – pensó-. Lo mejor sería coger una toallita desmaquillante y retirar el maquillaje del todo. Y así lo hizo. Se soltó el pelo y se miró en el espejo. Ahora ya estaba más ‘decente’. Se sentó en la taza del váter, se miró otra vez y rompió a llorar. Ahogó el ruido metiendo la cabeza entre sus piernas. ¿Cómo había podido llegar a esa situación? No sabía lo que había pasado. Se sentía impotente, y no sabía qué hacer o  decir. Estuvo un rato así, perdida entre pensamientos y lágrimas, y luego se levantó y se dirigió al sofá. Encendió la televisión para ver si había algo que la pudiera distraer, pasaba canal a canal pero ninguno la interesaba. Al final dejó uno al azar e intentó verlo, pero no podía concentrarse. En ese momento alguien llamó a la puerta.

Capitulo 1.

Nora.

Me dio un vuelco el corazón al oír que alguien golpeaba la puerta de entrada. Mi madre estaba trabajando en el hospital, y no volvería hasta las once y media. Todavía eran las ocho, así que era poco probable que fuera ella. De todas maneras, mi madre era una mujer muy organizada y nunca se dejaba las llaves en casa. Mi padre estaba de viaje de negocios en el centro de Nueva York, se había ido hace tres días dejándonos solas en Plymouth. No me gustaba demasiado quedarme a solas en casa, en el fondo soy bastante miedosa, y me asusto por cualquier ruido. Miré la puerta otra vez preguntándome quien podría ser, no estaba segura de si acercarme o no. ‘¡Nora, abre! Soy yo’. La voz de Seth se coló por la puerta. Sentí como la ira y la rabia iban creciendo por mi cuerpo, se me aceleró el corazón y sentía un nudo en la garganta que me impedía tragar. Barajé las opciones. ¿Qué estaba haciendo él aquí? No quería verle, no quería oírle, ni quería saber nada de él, para mí todo había acabado. Le había querido mucho, muchísimo, había amado cada mínimo detalle suyo, su pelo rubio, su mirada azul claro, su risa, su manera de andar, las pecas que tenía en la nariz y su lunar en la espalda. Era la persona que más había querido en este mundo y me había fallado. Me había traicionado. Decidí no abrir la puerta así que me acerqué y grité:

–       ‘¡Vete de aquí! ¡No quiero saber nada más de ti!’-

 Al oír mi voz él contestó:

–       ‘Nora, ábreme la puerta, vamos a arreglar las cosas.”

–       No hay nada que arreglar, Seth, olvídame.- Le dije, y sintiendo las lágrimas caer por mis mejillas, subí las escaleras hacía mi habitación.

Abrí la puerta, y entré en la habitación. Era muy grande, las paredes eran de color rosa, y las cortinas floreadas colgaban hasta el suelo de parqué. En un rincón de la habitación estaba mi piano de cola blanco. En el centro, mi cama de dosel, llena de cojines y peluches. Encima del escritorio había un corcho donde colgaba fotos de mi vida. Tenía una foto de cuando era pequeña con mi madre, llevaba un gorrito y un pequeño bañador, y sonreía a la cámara, sin ninguna dificultad. Quien pudiera volver a esa época. Estaba también la entrada a mi primer concierto de ‘Green Day’, me acuerdo de cómo tuve que convencer a mis padres, no había manera de que me dejaran ir al concierto con Tanya, así que al final les prometí sacar matrícula de honor en Literatura para poder ir. No cabe duda de que lo conseguí. Era muy tozuda, no paraba hasta que conseguía lo que quería. También tenía una foto con Tanya, mi mejor amiga. Esa foto fue el año pasado, en unas vacaciones a Paris, mis padres me dejaron ir allí con la familia de Tanya una semana entera. Me moría de ganas de ir a París, la ciudad del amor, la ciudad donde tantas parejas soñaban con ir y jurarse amor eterno, a la luz de la luna, en lo alto de la torre Eiffel…Yo también soñaba con eso, salvo que eso ahora era imposible dada mi situación con Seth. Sentí una punzada de rabia en el corazón, así que di un suspiro e intenté calmarme. En mi corcho también tenía varias frases y citas de autores que me gustaban. Desde pequeña mi pasión habían sido los libros, me encantaba la literatura, especialmente las historias de amor, me sumergía en sus páginas y los terminaba muy rápido. Había leído mil veces clásicos de la literatura inglesa como Orgullo y Prejuicio o Cumbres Borrascosas. Pasé la mirada rápidamente sobre los dibujos y notas que Tanya había colgado en mi corcho, y fijé mis ojos en una foto en concreto. Era de Seth. Éramos Seth y yo. Yo estaba delante de él y él me rodeaba con sus brazos, los dos mirábamos a la cámara y sonreíamos felices. Quien iba a pensar que todo esto iba a acabar así. De un tirón la arranqué del corcho y la giré para leer la inscripción que sabía que había al otro lado de la foto. ‘Gracias por regalarme los mejores días, las mejores noches y las mejores sonrisas. Deseo que esto dure para siempre. No te vayas nunca de mi lado. Te Quiero, Nora.’

Que hipócrita. Apreté los dientes dentro de la boca tan fuerte que casi rechinaban, sostuve la foto y la rompí en dos pedazos grandes, y luego en cuatro, y en ocho. Tiré los restos a la basura.

–       ‘Para siempre’. Susurré.

Recorrí la habitación en busca de más cosas que me recordaran a Seth, regalos, cartas, fotos, lo que fuera. Al momento, tenía metidos en una caja el peluche en forma de osito que decía ‘Te quiero’, un montón de cartas unidas por un lazo que tenía en la mesita de noche, una vela en forma de corazón rojo de nuestra primera noche juntos, un CD con sus canciones favoritas, un collar con nuestras iniciales inscritas, un anillo con la fecha de nuestro aniversario, y también una de sus camisetas que tenía en mi armario, un par de calcetines, y un perfume que me regaló al volver de París. Seguramente habría más cosas, pero no podía más. No podía seguir recogiendo sus cosas, ni recordando todos los momentos que había pasado con él, cada vez que cogía algo suyo me acordaba de todo, me venía a la mente lo que me había hecho, como había arruinado todo lo que habíamos construido juntos, como había tirado a la basura dos años de mi vida, los que habían sido los dos mejores años de mi vida, como había sido capaz de hacerme algo así. Sentí como las lágrimas se aproximaban a mis ojos otra vez, sentí rabia, ganas de ir a buscarle y gritarle, hacerle pagar todo el sufrimiento que me estaba causando. Sentí lástima por mí misma, y miedo. Miedo a estar sola otra vez, miedo a no poder continuar con mi vida, no sabía cómo iba a seguir adelante con todo esto a mis espaldas, como iba a confiar en otro chico. Había conocido a Seth desde que éramos pequeños, siempre me había acompañado aun cuando no éramos pareja. Siempre había confiado en él y era mutuo, sabíamos lo que pensaba el otro con solo mirarnos a los ojos u oír nuestra voz por teléfono. Si Seth, que había crecido conmigo, y que había sido una parte tan grande de mi vida había sido capaz de hacerme esto, ¿En quién podría confiar? Mientras estos pensamientos cruzaban mi mente, arranqué a llorar, muy fuerte. Me tiré en la cama y lloré y lloré. Lloré hasta quedarme dormida, lloré para desahogarme, para librarme del dolor, para liberarme, lloré porque sabía que ya nada sería igual, por todo el daño que Seth me había causado, por su maldita sonrisa. Porque no podía llamarle y decirle que todo estaba bien, que le perdonaba, porque no podía hacer como si nada de esto hubiera pasado, porque quería odiarle con toda mi alma, quería gritarle, soltar toda la rabia que tenía dentro, tirarle sus estúpidos ‘Te Quiero’ a la cara, olvidarme de sus palabras, de la manera en que me tocaba, de todo lo que tuviera que ver con él. Porque deseaba que se alejara de mí, con todas mis fuerzas, deseaba no haberle conocido nunca, y sin embargo, no podía. No podía odiarle, porque en el fondo, no podía negarme que aun le quería.

A la mañana siguiente me levanté sintiéndome vacía. No tenía ganas de hacer nada, solamente quería quedarme en la cama, en pijama y olvidarme del mundo. Me quedé acurrucada en el edredón un rato, con los ojos cerrados. No había dormido bien. Me había despertado varias veces y había soñado que caía por un abismo sin final. Me di la vuelta para intentar volver a dormirme cuando oí la voz de mi madre.

–       ¡Nora, levántate! ¡Llegarás tarde a clase!

‘Oh no, por favor déjame dormir’ pensé metiendo la cabeza debajo de la almohada. Estaba a punto de dormirme otra vez cuando alguien entró a la habitación de sopetón.

–       Nora, no te lo voy a repetir más. Levántate, vas a llegar tarde a clase y ya sabes que la señorita McFarley no le gusta que sus alumnos lleguen tarde, ¡te pondrá falta!

Empezó a tirar del edredón hacia abajo, pero yo lo cogí más fuerte.

–       Nora, cariño, ¿Te encuentras bien? – La voz de mi madre sonaba alarmada, con un ápice de preocupación.

En ese mismo instante empecé a sentirme mal, mi madre no sabía nada de lo que había ocurrido entre Seth y yo. ¿Cómo iba a explicarle lo que me había hecho? Oh no… eso iba a ser un momento incómodo. Nunca había tenido mucha confianza con mi madre. Era una mujer muy buena, y muy amable, nunca me había tratado mal y la quería mucho, siempre había estado a mi lado, y me había apoyado, pero mi madre era muy conservadora, de las de antes. Ella era de las que pensaban que una mujer tenía que estar con el mismo hombre siempre, y nunca le llevaba la contraria a mi padre, lo que él decía era lo que se hacía. Por eso muchas veces nosotras chocábamos, porque yo tengo otra manera de ver las cosas. Mi padre es un buen hombre, él me entiende de una manera distinta. Pero es muy duro a veces, y bastante conservador. Bueno, él quiere lo mejor para su hija, como es obvio.

–       No me encuentro demasiado bien, mamá. Por favor deja que me quedé en casa, puedo llevarle una nota firmada por ti a la señorita McFarley mañana.

Me di la vuelta y le puse ojos de cordero, esos que las madres no pueden resistir, definitivamente, no quería ir a clase, no quería encontrarme con Seth, y tampoco tenía ganas de encontrarme ni hablar con nadie. Mañana sería un día mejor para enfrentarme al mundo. O eso pensaba yo.

–       Nora…Tienes mala cara, y los ojos hinchados, parece que hayas estado llorando. ¿Ha ocurrido algo?

Oh no, ya está ahí ese instinto infalible de las madres. ¿Por qué siempre se dan cuenta de todo? Mi madre me observaba con cautela y su cara era de preocupación. Tenía que contárselo… Pero no tenía el valor suficiente para decirle toda la verdad, no podía, solo de pensarlo ya notaba las lágrimas en los ojos, no podía hablar de ello, aun no.

–       Mamá… es que he tenido algunos problemas con Seth. – Miré hacia abajo, no podía hablar de él sin que se me salieran las lágrimas. Mi madre me miró:

–       ¡Oh! Vamos, cariño, no pasa nada, no es la primera vez que discutís ¿verdad? Es muy frecuente entre las parejas, no te preocupes…

–       No, mamá- La interrumpí. – Pero esta vez es distinta, yo… él… ha terminado, ya nada será como antes, él me ha… verás, no quiero hablar de esto ahora, te lo contaré lo prometo, pero por favor deja que me quedé hoy en casa, no quiero verle, no quiero hablar con él.

Mi madre me puso el pelo detrás de la oreja y me secó las lágrimas con la palma de su mano. Estaba muy suave y olía a crema hidratante.

–       Pero cariño, no debes dejar que un chico interfiera en tus estudios, ya hemos hablado de esto…

–       Por favor mamá, te prometo que mañana iré a clase, por favor. Llamaré a Tanya para que me explique lo que han hecho, te lo juro.

Ella me miró y frunció el ceño, sabía que no le hacía gracia que faltase a clase. Iba a un instituto concertado, era de los mejores del vecindario, ellos querían que tuviera una buena educación y nada para ellos era suficiente motivo para no asistir a clase. Salvo una enfermedad, claro. Cuando empecé con Seth, al principio su reacción fue mala, me acuerdo que tardé mucho tiempo en contarles que tenía una relación con un chico. Cuando por fin lo solté me dijeron que debía centrarme en estudiar y que ya tendría tiempo de chicos. Me prohibieron salir con él, pero nos veíamos cada día en clase. No pudieron separarnos y al final accedieron a que saliéramos juntos siempre y cuando no bajaran mis notas. Lo bueno fue que conocían a Seth desde que era pequeña, y también a su familia. Eso lo hizo todo mucho más fácil, ya que Seth tenía una familia muy bien acomodada. Nuestros padres hacían buenas migas, mi padre y el señor Stanley iban juntos a jugar a pádel todos los jueves. Y mi madre quedaba cada sábado para tomar un vermut con la señora Stanley. Así que, todo era perfecto. Y ya se acabó.

Mi madre me miró y al ver que me mordía el labio dijo:

–       De acuerdo. Puedes quedarte hoy. Pero llamarás a Tanya y le dirás que te diga lo que han hecho en clase y que te traiga los deberes. Llamaré para decir que estás enferma, pero mañana volverás a clase. ¿Entendido?

Me abalancé sobre ella y la abracé por el cuello.

–       Si mamá, gracias. Te prometo que llamaré a Tanya. – La solté y sonreí. Ella me dio un beso en la mejilla y se dirigió a la puerta haciendo ruido con los tacones, pero después volvió a entrar.

–       Nora, yo ya me voy a trabajar. Cierra la puerta con llave y no abras a nadie. Volveré a las siete.

Asentí con la cabeza y le lancé un beso, ella me lanzó una sonrisa y salió cerrando la puerta tras de sí. Me estiré en la cama y miré el techo. Genial, tenía todo un día entero para mí, y no tendría que hablar con nadie. Entonces me acordé de Tanya y decidí mandarle un SMS:

No me encuentro bien, no iré a clase. Luego te llamo. Un beso. N.

A los dos minutos recibí su contestación:

¡Me dejas sola en clase! ¡No tienes perdón! Recupérate, OK? 😉 T.

Tanya había sido mi amiga desde los doce años. Me conocía mejor que nadie, y siempre estaba ahí para ayudarme. Todavía no le había explicado lo de Seth, pero prefería esperar a mañana, o quizás más tarde, si venía a traerme los deberes. Oí como se cerraba la puerta cuando mi madre salió, así que me levanté y baje al piso de abajo, cogí mis llaves y cerré la puerta. Así me sentía más segura dentro de casa. Seguro que era tan miedosa por culpa de mis padres, siempre me han sobreprotegido, y el hecho de ser hija única les facilitaba mucho la tarea. Volví a subir y me dirigí al baño. Sin mirarme en el espejo, encendí el grifo de la bañera para que saliera el agua caliente, y me quité el pijama. Tenía el pelo enredado, había dormido con un moño mal hecho y ahora eran todo nudos. Intenté desenredármelo, pero me cansé, y al final me metí en la ducha. Mientras el agua caliente caía sobre mí, cerré los ojos, intentando relajarme, suspiré. Estaba pensando en que iba a desayunar cuando me vino la imagen de Seth. Estaba besando a otra chica. No pude más, tragué aire y abrí los ojos, empecé a gritar y a llorar. La rabia que sentía me consumía por dentro, no podía soportarlo, era demasiado doloroso. Me senté en la bañera y estuve un rato así, hasta que por fin me calmé. Me levanté, cerré el grifo, y salí. Me envolví en una toalla, y me sequé. Cuando estuve seca, me envolví el pelo en una toalla, y abrí mi armario. Me decanté por unas mallas negras y una sudadera gris en la cual se podía leer ‘Oxford University’. Me la compré allí cuando fui de viaje con mis padres. Bajé a la cocina, abrí la nevera y cogí en cartón de leche. Me serví un poco en un vaso y la metí en el microondas. Cuando este hizo ‘beep’ lo cogí y me lo llevé al sofá. Encendí la televisión e hice un poco de zapping. Pero no hacían nada. Deje el vaso en la mesa de cristal y subí a mi habitación a por un libro. Cogí Cumbres Borrascosas y lo abrí en mi parte favorita. La releí varias veces, cuando de pronto, me asustó la vibración del móvil sobre la mesa de cristal. Derramé un poco de leche en el sofá. ‘Mierda, mi madre me matará.’ Fui a por un trapo y lo sequé mientras con la otra mano cogía el móvil para ver quién me había llamado. Era un mensaje. Pensé que sería Tanya preguntándome si estaba mejor, pero el nombre que vi en mi pantalla no fue Tanya. Si no Seth. ¿Qué quería él ahora? Pensé en borrarlo sin leerlo, pero la curiosidad me mataba. ‘Bórralo, Nora, bórralo…’ Pero no pude, ignoré a mi subconsciente y abrí el mensaje.

‘Nora, tenemos que hablar. Esto es un error, estoy muy arrepentido. Por favor, te quiero. S.’

Tiré el móvil al otro sofá. ¿Qué teníamos que hablar? No había nada que hablar, ya estaba todo dicho. Se había pasado de la raya. Yo no podía aguantar esto. ¿Qué me quería? Eso solo eran palabras vacías. Una persona que quiere a otra no la engaña, no la miente. Yo no lo hice, yo nunca sería capaz de hacerle eso a nadie. Decidí dejar el móvil en la habitación y no mirarlo en todo el día. Tenía que desconectar. Subí a mi habitación y metí el móvil en el cajón de la ropa interior. Me puse a ordenar el armario por los colores de las prendas. Primero el negro, el marrón, el naranja, el rojo, el verde, el azul, el rosa y el blanco. Así, primero las camisetas de manga larga, luego las de manga corta y después los pantalones. Cuando terminé ya eran las tres de la tarde, así que decidí llamar a Tanya.

–       ¡Hola! ¿Cómo estás? – Me dijo su voz desde el otro lado del teléfono.

–       Hola Ta, bueno, ya me encuentro algo mejor. – Mentí.

–       Me alegro de oír eso, me has tenido toda la mañana preocupada, no contestabas mis mensajes. – La noté alterada-

–       Ah, si… Verás es que no tenía ganas de hablar, lo dejé en un cajón… Oye, tengo que explicarte algo. Mi madre llega a las siete. ¿Te apetece venir a comer? Puedo preparar unos macarrones o algo.

–       Claro, eso suena genial, iré a por el coche y en diez minutos estoy allí. ¡Hasta ahora!– Y colgó.

Bueno, así al menos tendría algo que hacer. Bajé a la cocina y saqué la pasta del armario. Cogí una olla con agua y la puse en el fogón. Abrí otro armario y saqué una sartén. Puse un poco de aceite en ella y saqué tomates y cebolla. Cogí una salchicha de cerdo de la nevera y empecé a cortarla. Cuando el agua de la olla empezó a hervir, metí la pasta. En ese momento sonó el timbre. ‘Debe ser Tanya’ Fui a abrir.

–       ¿Cómo está mi Nora? – Tanya entró y me abrazó. Yo sonreí, aunque me salió una mueca extraña.

–       Hola, bueno, digamos que no es mi mejor día. Ven, estoy preparando los macarrones. – Me siguió a la cocina.

–       Hmmm, huele genial. Ah, te he traído los deberes, hay un ejercicio de matemáticas y tenemos que hacer un resumen de un poema para literatura. Que rollo, la señorita McFarley siempre nos pone deberes.

Ya en la cocina, saqué la tabla de cortar y cogí una cebolla para el sofrito. Tanya sacó la pasta, tirando el agua en el fregadero.

–       Oye, aún no me has dicho que te pasaba, sonabas muy deprimida por teléfono. ¿Va todo bien?

Intenté no mirarla a la cara, ya que estaba muy sensible y no quería llorar. Sabía que si lloraba ella también lloraría. Empecé a cortar la cebolla.

–       Verás, ha ocurrido algo entre Seth y yo. – Seguía sin mirarla.-

–       Cuéntamelo, Nora. Puedes desahogarte conmigo. – Se acercó a mí y me miro a la cara. – ¿Estás llorando? ¡Nora! ¿Qué te ha hecho ese imbécil? – Me di la vuelta y ella me abrazó, no pude contener las lágrimas y lloré en su hombro. Ella esperó hasta que me calmé y me senté en una silla.

–       Espera, acabaré de hacer el sofrito.- Acabó de preparar los macarrones y los sirvió en dos platos.

–       Ha sido horrible, Tanya. Él… y yo… hemos terminado.

Ella abrió mucho los ojos, y abrió la boca. Antes de que dijera nada decidí contarle la historia.

–       No te había contado nada porque no quería preocuparte, no quería oír el típico rollo de ‘Nora, esto es muy raro, deberías hablar con él.’ Estaba muerta de miedo, -Empecé- Hace unas semanas que le notaba raro, no sé, parecía que nunca tenía ganas de hacer nada conmigo y yo no sabía porque, pensaba que iba a dejarme, que ya no sentía nada por mí. Estaba preocupada, pero no me atreví a decirle nada. Un día estábamos en un bar, habíamos ido a tomar algo y él fue al baño. Se dejó el móvil en la mesa y lo cogí. No sé porque pero miré los mensajes. – Se me quebró la voz.- Perdona. – Tragué saliva y continué- Entonces vi uno que no tenía número. Lo abrí. Ponía: ‘Tengo muchas ganas de verte, no puedo esperar más, mañana a las diez estaré en tu casa, no hagas planes.’ – Tanya me interrumpió-

–       ¡Voy a matar a ese pedazo de carne con piernas! Nora, no me dirás que él… ¿Qué esta con otra?– Estaba muy agitada, casi se levanta del asiento.

–       Déjame acabar Tanya, te lo contaré una vez y después lo guardaré en algún sitio de mi cabeza donde no pueda encontrarlo nunca más.

–       De acuerdo, continúa… – Ella me miró con el ceño fruncido y se mordió el labio.

–       Él volvió del baño, y yo deje el móvil donde estaba. Me quedé petrificada, pero no le dije nada. Pensé que debía ser un malentendido, que él no podía ser el destinatario de ese mensaje. No quería creerlo. Intenté que no me notara nada y decidí que al día siguiente a las diez y media me presentaría en su casa para comprobar que estaba solo… Y así lo hice. Él me había dicho que su madre iba a tener invitados y que no podríamos quedar. Llamé a la puerta. Tardó un rato en abrir. Se quedó blanco al verme. Iba vestido pero llevaba el botón de arriba de la camisa abierto y el pelo agitado. Tampoco llevaba cinturón e iba descalzo. Le pregunté que donde estaba su madre, y me contestó que al final habían decidido ir a un restaurante. Inmediatamente me dirigí a su habitación, y abrí la puerta. – Me cayó una lágrima en la mejilla otra vez, y tragué saliva. Tanya me cogió de la mano. –

–       Había una chica en su cama. Iba en ropa interior y su vestido estaba en el suelo junto a sus zapatos de cuña…- Miré hacia el techo-.

–       Nora… -Empezó a decir Tanya.-

–       Entonces… – continué-  me giré para mirarle, él no sabía que decirme, estaba pálido y nervioso. Intentó decirme algo pero yo me fui de allí. No podía ni quería escuchar nada de lo que tuviera que decirme. – Me sequé la cara con una servilleta. ‘No llores más, Nora.’ Me dije.

–       Ven aquí… – Tanya me abrazó muy fuerte, y yo cerré los ojos, que se volvieron a inundar de lágrimas.

Capitulo 2

Hayden

Tenía tendencia a meterme en líos. No sabía por qué. Hay gente que atrae los conflictos. Quizás era por mi apariencia, quizás por eso la gente me tenía miedo. Solía ser un chico normal, que iba a la escuela, estudioso, con sus amigos de toda la vida. Supongo que la vida me ha hecho ser como soy ahora. No lo hago queriendo, es solo que así me siento más seguro. No dejo que nadie vea como soy en realidad, me gusta que me tengan miedo, que me teman. Así nadie me hará daño.

Hacía frío en la calle, el cielo estaba nublado y amenazaba con llover. Iba de camino a casa de Rob. Por la calle no había ni un alma. Estaba todo gris y bastante oscuro. Rob vivía en uno de los barrios más pobres de Plymouth. No me gustaba venir caminando hasta aquí, de vez en cuando te encontrabas a algún vagabundo pidiendo limosna o a algún tipo de yonki que te amenazaba con una botella de alcohol vacía en la mano. Normalmente no se acercaban a mí, solo me observaban en silencio, soplándose las manos para protegerse del frio. Hubiera venido en moto pero seguía en el taller desde que algún desgraciado me pinchó las ruedas el otro día.

Crucé la calle y me acerqué al portal de Rob. El número 22. Se trataba de un edificio viejo, de color gris amarillento. Iba a llamar al timbre cuando vi que Rob se aproximaba por la puerta de cristal.

–       Eh, llegas pronto, pensaba que llegarías tarde, como aun no tienes la moto. – Rob me tendió la mano y yo se la estreché.

–       Sí, me apetecía dar una vuelta y he decidido salir un poco antes. – Rob me miró y asintió.

–       ¿Te apetece ir al bar de Joe un rato? Podemos tomar una cerveza y jugar al billar.

–       Claro, Aunque, ¿No estás cansado de perder? – Le guiñé un ojo y Rob rio.

–       ¡Esta vez pienso ganar! ¡Me apuesto cinco pavos a que gano!

Abrí  los ojos sorprendido:

–       Vaya, vaya… Rob está muy seguro de sí mismo esta vez… De acuerdo! ¡Pero luego no me pidas que te los devuelva!

Subimos al coche de Rob, era un viejo Ford que le había comprado a un vecino por poco más de quinientos, la chapa estaba oxidada por algunas partes y la pintura estaba ya muy descolorida, no era un coche muy seguro. Pero hacía la función. Rob arrancó el coche y nos dirigimos al centro, a la calle Mayson, donde se encontraba el bar que solíamos frecuentar. Se llamaba Hats&Boots. Era un bar que llevaba muchos años allí, no estaba en muy buenas condiciones, pero era familiar, y Joe, el jefe, ya nos conocía de hace tiempo. Al abrir la puerta nos miró y nos dijo:

–       ¿Qué será, chicos? ¿Lo mismo de siempre? – Abrió la nevera que tenía debajo del mostrador y nos enseñó dos cervezas.

–       Eso es, Joe. ¡Gracias! – Le guiñé un ojo y nos sentamos en la mesa de siempre, en un rincón al lado de una ventana, en seguida, Joe abrió las cervezas y nos las dejó en la mesa, junto a un plato de pistachos.

Rob dio un gran trago a su cerveza y después se metió en la boca un pistacho del plato que nos había traído Joe.

–       Eh! ¿Has descubierto ya quien fue el que te pinchó las ruedas?

Bufé y asentí con la cabeza.

–       Pues si… Conseguí convencer a Stacey para que me lo dijera…

Rob dio un grito y empezó a reír a carcajadas:

–       ¡Oh si! ¡Stacey! Tu sí que sabes campeón… ¿la sedujiste para que confesará con tus artes de chico duro?

Stacey era una chica de mi clase, la conocía de hace muchos años, la verdad es que siempre había ido detrás mío… pero nunca me había gustado. Era muy guapa, morena, con el pelo largo y liso y tenía los ojos azules. Pero nunca la había visto como nada más que una amiga. Sí, alguna vez había pasado algo entre ella y yo, besos y alguna noche más acalorada, pero ella sabía que nunca significaría nada más para mí. Nada más que una amiga. Alguna vez me había sentido mal, como si jugara con ella, pero la verdad es que a ella le encantaba, ella sabía que yo no quería nada más de ella, y lo aceptaba.

–       Ya sabes, no es la primera vez que Stacey y yo… bueno, intercambiamos intereses. – Levanté las cejas y le di un trago a mi cerveza.

–       Así que, ¿después de vuestro encuentro te dijo quien fue? – Rob no podía ocultar su interés, le gustaba saberlo todo.

–       Bueno, digamos que aproveché el momento para hacerle alguna pregunta.

–       ¿Y bien? – Rob estaba casi encima de la mesa y cada vez se acercaba más a mí como si estuviéramos compartiendo un secreto que nadie más debía saber.

–       Cálmate, no quiero que lo sepa todo el mundo.

–       No diré nada, Hay. Soy una tumba. – Suplicaba con la mirada que se lo dijera.

–       Está bien, como sospechaba, fue Clayhead, Josh Clayhead.

–       ¿Ese canalla? ¿Qué le pasa a ese tío? ¿Acaso no asimila que Stacey no quiere verle ni en pintura? Es un pijo, tío. Stacey nunca se fijaría en él. – dijo Rob.

–       Ya sabes, siempre ha sido muy competitivo conmigo. Supongo que cuando Stacey le dio calabazas, la cogió conmigo y quiso vengarse.

–       ¿Y qué vas a hacer? – Me preguntó Rob con rabia en la voz.

–       No lo sé todavía, le quiero pillar por sorpresa en clase, ya sabes sin que sospeche nada.

–       Yo te ayudo, siempre me ha caído mal, con sus polos de Tommy Hilfiger y los náuticos que le regaló su papi.

Reí por como hablaba Rob, era muy buen amigo, siempre habíamos estado juntos, y para mí era como mi hermano. Compartíamos todo y siempre había estado ahí cuando todo se fue a la mierda. Yo haría cualquier cosa por él, le defendería sin dudarlo. Y sabía que él también lo haría por mí. Con lo de Josh, no era difícil de imaginar. A todo el mundo le caía mal Josh Clayhead. Era el típico listo, el que lo sabe todo. Tenía que estar muy enfadado para pincharme las ruedas, sabiendo que no me importa meterme en líos. Tenía agallas.

–       No, Rob. No quiero que des la cara por mí, no quiero que te metas en problemas. – Le di un sorbo a mi cerveza.

–       Pero, Hay, tenemos que darle una lección a ese tío. No puede irse de rositas. – Pegó un golpe en la mesa.

–       Sí, lo haré yo. Pensaré algo. No te preocupes, está todo bien.

No sin rechistar al final dejó el tema de lado, sabía que no podría hacer nada. Estuvimos un rato en el bar, jugamos una partida al billar y esta vez ganó él, así que le di cinco pavos. Rob estaba eufórico, casi nunca ganaba. ‘¡Tenía que haber apostado más!’ decía todo el rato. Lo pasamos bien, me olvidé un poco de todo y volvimos al coche.

–       Bueno, te dejo en casa. Mañana otra vez a la jaula.

Le miré y sonreí. El instituto para Rob era una jaula, nunca le había gustado estudiar e iba justo en la mayoría de asignaturas. A mí en cambio, no me costaba estudiar, no es que me gustará, pero tenía que hacerlo. Quería saber de todo, y labrarme un buen futuro, también me gustaba mucho leer. Cualquier cosa.

Rob me dejó en casa y se fue con su Ford calle arriba. Había luz en el comedor, abrí la puerta y entré. Mi madre estaba viendo la televisión en el sofá, en el canal de cocina. Estaban preparando una especie de pastel de arándanos. No me gustaban los arándanos. Se giró al oír la puerta de entrada.

–       Hola, que pronto has llegado. ¿Cómo estás? – Tenía cara de cansada y el pelo alborotado, fumaba un cigarro.

–       Bien, he ido con Rob al Hats&Boots. ¿Cómo te ha ido a ti? – Me senté a su lado en el sofá.

–       Bueno, hoy me ha tocado hablar, ha sido difícil. Pero ha ido bien, creo que estoy haciendo avances. – Sonrió y me tocó la cara.

–       Eso está muy bien. – Giré la cara para deshacerme de su caricia. – ¿Dónde está Michel?

–       Esta durmiendo, estaba muy cansado del colegio el pobre.

–       Voy a darle un beso, y yo también me iré a dormir. Mañana hay clase.

–       Claro hijo, buenas noches. Descansa.

Me levanté y le di un beso en la mejilla. ‘Buenas noches, mamá’ le susurré. No me sentía muy cómodo alrededor de mi madre. Sabía que había hecho progresos, pero la veía tan mal, tan dejada y agotada. No era la misma. Me costaba verla así. Pasé por la cocina y abrí la nevera, cogí un yogurt natural y me lo comí en dos minutos, no había cenado, pero no quería irme a dormir con el estómago vacío. Tiré el envase vació a la basura y subí las escaleras. Abrí la puerta de la habitación de Michel. Estaba durmiendo en su cama, estaba boca arriba y se había destapado. Tenía un pie fuera de la colcha y le colgaba a un lado de la cama.  Le tapé el pie y me agaché para darle un beso en la mejilla. Le acaricie el pelo y salí de la habitación.

Ya en la mía, me quité los zapatos, y me desvestí, me puse el pantalón del pijama y me metí en la cama. Tenía un presentimiento de que algo iba a pasar mañana, sabía lo que iba a hacer y sabía lo que iba a pasar con Josh Clayhead, pero había algo más. Tenía una corazonada de que era lo correcto hacer. Creía en el destino, y sabía que mi destino era ese. Sería un nuevo comienzo. Una nueva oportunidad.

***

El despertador sonó a las siete y media de la mañana, me giré y le di un manotazo. Me tapé la cabeza con las sabanas y abrí los ojos. No podía llegar tarde. Me levanté y estiré los brazos. Con los pies descalzos me dirigí al baño y me metí en la ducha, el agua estaba helada. Salí de la ducha y me sequé. Me puse un pantalón de chándal gris y una camiseta blanca. Me calcé las típicas bambas de la marca Adidas que tenía de hace años, fueron un regalo de Rob. Sabía cuánto me gustaban y estuvo ahorrando para poder comprármelas. Cogí una gorra del armario y me la puse hacía atrás ya que no tenía ganas de peinarme. Me colgué la mochila a un hombro y bajé las escaleras. Olía a tostadas recién hechas, tiré la mochila en el suelo y vi a Michel sentado en la mesa desayunando un vaso de leche con cacao. Mi madre estaba sacando las tostadas de la tostadora y untándolas en mantequilla.

–       Buenos días – les dije. Le di un beso en la mejilla a mi madre y le revolví el pelo a mi hermano, que gritó y se rió.

–       ¿Qué tal, peque? ¿Has dormido bien? – Le pregunté a Michel.

–       ¡Como un bebé! – Respondió él.

Sonreí. Michel tenía diez años. Era mi hermanastro. Mi madre había tenido una aventura poco después de que muriera mi padre. Se quedó embarazada. Su novio no quiso saber nada de niño así que se fue. Michel solo nos tenía a nosotros. No teníamos padre. Me sentía muy protector con él. Siempre le había cuidado y no dejaría que nada le pasará. Había tenido una infancia difícil, más que la mía. Ya que no había tenido el apoyo de mi madre debido a su situación, Michel se apoyaba mucho en mí. Yo le cuidaba.

–       Venga, acabaros el desayuno, que llegareis tarde. Hayden, cielo, ya sabes que no puedo conducir, y ya que no tienes moto, tendréis que coger el bus… pasa en diez minutos así que daros prisa.

Asentí sin mirarla. Mi madre no podía conducir. Le quitaron la licencia una de las veces que la encontraron conduciendo borracha. Acabamos de desayunar y retiré los platos. Cogí mi mochila y ayudé a Michel a ponerse la suya. Nos despedimos de mi madre que nos dijo ‘¡Que tengáis un buen día!’ y fuimos a la parada del bus. Por suerte, llegó puntual y llegamos al colegio a tiempo. En la puerta me despedí de Michel que me dio un beso en la mejilla, él entraba por otra puerta, y me quedé mirando como entraba.

Entré en el instituto y fui a mi taquilla, puse la combinación y dejé los libros que no necesitaba. Al cerrarla, levanté la vista y vi un montón de gente en el pasillo que se dirigía a sus clases. Me puse a caminar y miré el móvil. No tenía mensajes de Rob así que esperaba verlo en clase. Miré al frente y vi una chica cabizbaja. Tenía el pelo rubio e iba con una amiga que la cogía del brazo. La chica rubia levantó la vista y le sonrió a su amiga. Un segundo después me miró a mí, que estaba unos metros más adelante. La miré fijamente y ella me miró a mí. Había algo en su mirada que hacía que no pudiera apartar mi vista de ella. Nos miramos lo que a mí me pareció una eternidad, pero después ella giró la cara y miró a su amiga. Pasé a su lado, pero ella no volvió a mirarme. Entré a mi clase, no sin antes girarme a mirarla una vez más, pero giró la esquina y la perdí de vista. En la clase, vi a Stacey que me saludó con la mano desde su pupitre. Levanté la cabeza a modo de saludo y me senté en mi sitio. Busqué a Josh Clayhead, y lo vi hablando con otro chico de clase. No había rastro de Rob. El señor Houson entró y empezó la clase. La hora se me hizo eterna. Tomé apuntes, pero no estaba muy concentrado. Mi mente era una mezcla. No podía parar de pensar en la chica rubia. ¿Por qué estaría tan triste? Y ¿Cómo es que nunca antes la había visto por aquí? Estaba confuso, me había prendado de sus ojos, parecía que quería decirme algo. Sonó el timbre y salimos de la clase. Vi que Stacey venía hacía mí, no quería habar con ella. Tenía que hacerlo ahora o nunca, Josh estaba en su taquilla solo, miraba al frente y no parecía preocupado. Me acerqué a él.

–       Eh, Josh. – Le dije apoyándome en la taquilla que estaba a su lado.  Él me miró dudoso, pero al final me dijo:

–       Ah… hola, Hayden ¿Qué hay? –  Tenía miedo. No podía ocultarlo.

–       Pues bien… Ya sabes… Como siempre.

Miró a un lado.

–       Oh, eso es genial, me alegro mucho. Si me disculpas, la clase está a punto de empezar… – Intentó irse, pero le llamé.

–       ¡Espera! Oye, ¿sabes que alguien me pinchó las ruedas de la moto?

–       Había oído algo, pero no sé quien… si es… eso lo que… querías…

–       No te hagas el tonto, sé que fuiste tú. Alguien me lo dijo.

Abrió mucho los ojos como si no se esperase que le dijera eso. Entonces, en un arranque de valentía dijo:

–       Bueno, sí. Fui yo. ¿Algún problema? Stacey me contó lo que le hiciste. No merece que la trates así, ¡tienes que dejarla en paz!

–       Yo no le he hecho nada a Stacey. Nada que ella no quisiera.

–       ¡Tú abusas de ella cada vez que se te antoja! – Me chilló. Todo el mundo nos miraba.

–       Serás capullo, ¿Cómo te atreves a insinuar algo así? ¡Yo no la obligo a hacer nada! – Me contuve por no darle un puñetazo, era más bajito que yo. Sabía que podía vencerle.

–       ¡Oh, sí! ¡Sí que lo haces! – Entonces él vino hacía mi con fuerza y de un empujón me tiró al suelo.

No pude contenerme más. Notaba como la rabia iba aumentando dentro de mí. Me levanté y cogiéndolo del cuello de su camisa Dolce&Gabanna le pegué un puñetazo que le dio en la mandíbula. Él se rebotó pero no consiguió darme. Caímos al suelo y me dio una patada en la espinilla. Se había formado un corrillo a nuestro alrededor y oí que el Señor Houson se acercaba gritando ‘Dejen paso, dejarme pasar’. Nos separó con la ayuda de otros alumnos y nos mandó al despacho del director.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. imtooimperfect dice:

    ¡Está muy bien! La trama es fantástica, ¡tienes una lectora más! No tardaré en leer más de tus historias.
    ¡Ánimo! .))

    Le gusta a 1 persona

    1. Cristina dice:

      ¡Oh, que alegría me das! Hace mucho que escribí esto y nunca estas segura de publicar tus primeros textos 😀 muchísimas gracias por dedicar tu tiempo a leerme!

      Un abrazo enorme!!! :)))

      Me gusta

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